sábado, 28 de septiembre de 2013

VIAJE A SEVILLA (Una noche muy corta y un día muy largo)

INTRODUCCIÓN

Por cuarto año consecutivo he vuelto a los caminos del apóstol sin encontrarle todavía una respuesta racional a tanta reincidencia. Esta vez para recorrer la Via de la Plata, con un trazado más exigente que el Camino Francés y que, sin embargo, se me ha pasado volando a pesar de estar diecisiete días “vagamundeando” por él.
Por si alguien aterriza por aquí por accidente en búsqueda de grandes hazañas atléticas  le advierto que puede ahorrarse la lectura del mismo, o en su defecto, utilizarlo como remedio para el insomnio. Simplemente pretendo plasmar mis recuerdos antes de que en un futuro, espero que muy lejano, la enfermedad de la memoria haga mella en ellos. Y si de paso, sirve de ejemplo a otros de que es posible lanzarse al Camino sin poseer grandes aptitudes físicas (la actitud sí que es necesaria), pues miel sobre hojuelas.


Lunes, 2 de Septiembre


Desengancharse de la vida cotidiana supone a veces tanto esfuerzo como una etapa del Camino. Tras terminar con las últimas obligaciones laborales (todo lo que se puede terminar cuando trabajas con papeles…) a las diez de la noche del domingo, los últimos preparativos provocan que me acueste a las dos de la mañana. Joer qué estrés……..
Descanso, lo de dormir es un decir, unas tres horas para levantarme a las cinco y media. A las seis me recoge el taxi que me ha de llevar a Alicante, con la extrañeza y curiosidad del taxista de que el único viajero con equipaje sea yo, con lo que tengo que recurrir a la manida excusa de que con la crisis las vacaciones tenemos que hacerlas por separado y en mi caso en bicicleta.
Tras la despedida de mi resignada “santa”, a las siete subo al AVE Alicante-Madrid con un primer reto a conseguir, aguantar despierto hasta Cuenca, donde he de hacer transbordo al AVE que cubre la línea Valencia-Sevilla.



Una vez subido de nuevo en el tren ya puedo dar una cabezada en condiciones entre Cuenca y Ciudad Real para, finalmente, llegar a Sevilla con puntualidad suiza a las doce del mediodía.



Media hora después llego al albergue de Triana y tras las formalidades del registro la recepcionista (una chavala francesa con un delicioso acento sevillano) me abre el local donde se encuentra la compañera de fatigas. Desembalar la bici, el montaje de la misma y guardar el grueso del equipaje que se encontraba en la caja me lleva una hora larga. ¿Pero aquí cuando se descansa?
En el albergue están más que acostumbrados a recibir peregrinos y cicloturistas. De hecho alquilan bicicletas para hacer la Via de la Plata. Y el local donde almacenan las bicis está bien pertrechado de herramientas, por lo que me ahorro el tener que buscar las mías.
Mientras montaba la bicicleta se asomó un hombre, que por el acento diría que era de origen rumano, que portaba un carro de la compra lleno de trastos y me preguntó si tenía chatarra. Como tener pues sí que tenía pero mi “aluminio con ruedas” lo iba a necesitar durante unos cuantos días……
La segunda anécdota con la industria local del reciclaje se produjo cuando paseé unas cuantas calles la caja en busca de un contenedor de cartón y me puse a trocearla en compañía de los profesionales del ramo. A todo esto: ¿Aquí cuándo se come?
Tras  dar una vuelta por los alrededores y recorrer las terrazas de la calle San Jacinto no encuentro ninguna mesa libre….. a la sombra. Al sol las que quisiera pero es que, por si no lo había dicho,  “hase caló”.
Finalmente encuentro donde cobijarme en una terraza con vaporizadores (qué gran invento), en la plaza de Santa Ana. Ensalada y medallones de lomo con mojo picón a un precio más que razonable. Lo que me llamó la atención es la dosis de buen café que suministran. Si llego a pedir un café largo me traen directamente un barreño.








A las tres y media ya no se puede estar por la calle así que voy a refugiarme al albergue y, en la sala de televisión, coincido con un peregrino de Castellón con diecisiete caminos en sus piernas (ventajas de ser prejubilado….) y que iba a realizar el tramo Sevilla-Mérida. Mientras vemos el final de la etapa de la Vuelta charlamos del Camino, de qué si no, y tomo nota mental de ciertas  observaciones sobre sus experiencias en la Vía de la Plata. Hay una en concreto sobre Casar de Cáceres que traeré a colación en su momento.
Pasadas las seis,  salgo en compañía de mi paisano, que ejerce de improvisado guía turístico, a dar una vuelta por el centro de Sevilla.









Cuando empieza a anochecer regreso al barrio de Triana, picoteo en la Plaza del Altozano y a relajarme un rato a la fresquita en la terraza chill-out (o como se diga…) del albergue, donde hay un grupito de guiris dándose un homenaje etílico al tiempo que otros utilizan el jacuzzi. El castellonense y yo nos encontramos desubicados, sin saber dónde mirar sin parecer indiscretos, si a las bañistas francesas o a las dos chicas que están dándose arrumacos. Y yo que pensaba que venía a un viaje espiritual y por un momento creía estar en Sodoma y Gomorra, ja,ja,ja… Los chavales…. que diría Torrente.Las fotos son del día siguiente, que tampoco era cuestión de documentarlo todo.